Saturday, October 20, 2012

Un Mundus para Julio, o la culpa es de Kenneth Goldsmith (Cap. 1)


“Yo no lo llamaría plagio sino plagio inevitable, una repetición inevitable”. Andrei Mihailescu

Julio nació en un palacio de la avenida La Limpia, frente al antiguo hipódromo de La Limpia; un palacio con garages, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello, hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julio, cuando era Presidente de la República, ¡cuidado!, no la toques, está llena de telarañas, y él, de espaldas a su mamá, que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta. La carroza y la sección servidumbre ejercieron siempre una extraña fascinación sobre Julio, la fascinación de «no lo toques, amor; por ahí no se va, darling». Ya entonces, su padre había muerto.

Su padre murió cuando él tenía año y medio. Hacía algunos meses que Julio iba de un lado a otro del palacio, caminando y solito cada vez que podía. Se escapaba hacia la sección servidumbre del palacio que era, ya lo hemos dicho, como un lunar de carne en el rostro más bello, una lástima, pero aún no se atrevía a entrar por ahí. Lo cierto es que cuando su padre empezó a morirse de cáncer, todo en Versalles giraba en torno al cuarto del enfermo, menos sus hijos que no debían verlo, con excepción de Julio que aún era muy pequeño para darse cuenta del espanto y que andaba lo suficientemente libre como para aparecer cuando menos lo pensaban, envuelto en pijamas de seda, de espaldas a la enfermera que dormitaba, observando cómo se moría su padre, cómo se moría un hombre elegante, rico y buenmozo. Y Julio nunca ha olvidado esa madrugada, tres de la mañana, una velita a Santa Rosa, la enfermera tejiendo para no dormirse, cuando su padre abrió un ojo y le dijo pobrecito, y la enfermera salió corriendo a llamar a su mamá que era linda y lloraba todas las noches en un dormitorio aparte, para descansar algo siquiera, ya todo se había acabado.

Papá murió cuando el último de los hermanos en seguir preguntando, dejó de preguntar cuándo volvía papá de viaje, cuando mamá dejó de llorar y salió un día de noche, cuando se acabaron las visitas que entraban calladitas y pasaban de frente al salón más oscuro del palacio (hasta en eso había pensado el arquitecto), cuando los sirvientes recobraron su mediano tono de voz al hablar, cuando alguien encendió la radio un día, papá murió.

Nadie pudo impedir que Julio se instalara prácticamente a vivir en la carroza del bisabuelo-presidente. Ahí se pasaba todo el día, sentado en el desvencijado asiento de terciopelo azul con ex-ribetes de oro, disparándoles siempre a los mayordomos y a las amas que tarde tras tarde caían muertos al pie de la carroza, ensuciándose los guardapolvos que, por pares, la señora les había mandado comprar para que no estropearan sus uniformes, y para que pudieran caer muertos cada vez que a Julio se le antojaba acribillarlos a balazos desde la carroza. Nadie le impedía pasarse mañana y tarde metido en la carroza, pero a eso de las seis, cuando empezaba ya a oscurecer, venía a buscarlo una muchacha, una que su mamá, que era linda, decía hermosa la yukpa, debe descender de algún indio noble, un yanomami, nunca se sabe.

La yukpa que podía ser descendiente de un yanomami, sacaba a Julio cargado en peso de la carroza, lo apretaba contra unos senos probablemente maravillosos bajo el uniforme, y no lo soltaba hasta llegar al baño del palacio, al baño de los niños más pequeños, sólo el de Julio, ahora. Muchas veces tropezó la yukpa con los mayordomos o con el jardinero que yacían muertos alrededor de la carroza, para que Julio, Hugo Chávez o Raúl Amundaray según el día, pudiese partir tranquilo a bañarse.

Y ahí en el baño empezó a despedirse de él su madre, dos años después de la muerte de su padre. Lo encontraba siempre de espaldas, parado frente a la bañera, desnudo con el pipí al aire pero ella no se lo podía ver, contemplando la subida de la marea en esa bañera llena de cisnes, gansos y patos, una bañera enorme, como de porcelana y celeste. Su mamá le decía darling, él no volteaba, le daba un beso en la nuca y partía muy linda, mientras la hermosa yukpa adoptaba posturas incomodísimas para meter el codo y probar la temperatura del agua, sin caerse a lo que bien podía ser una piscina de Beverly Hills.

Y a eso de las seis y media de la tarde, diariamente, la yukpa hermosa cogía a Julio por los sobacos, lo alzaba en peso y lo iba introduciendo poco a poco en la bañera. Los cisnes, los patos y los gansos lo recibían con alegres ondulaciones sobre la superficie del agua calentica y límpida, parecían hacerle reverencias. Él los cogía por el cuello y los empujaba suavemente, alejándolos de su cuerpo, mientras la hermosa yukpa se armaba de toallitas jabonadas y jabones perfumados para niños, y empezaba a frotar dulce, tiernamente, con amor el pecho, los hombros, la espalda, los brazos y las piernas del niño. Julio la miraba sonriente y siempre le preguntaba las mismas cosas; le preguntaba, por ejemplo: «¿Y tú de dónde eres?», y escuchaba con atención cuando ella le hablaba de La Villa del Rosario, de Machiques camino a la sierra, un pueblo con muchas casas de barro. Le hablaba del alcalde, a veces de brujos, pero se reía como si ya no creyera en eso, además hacía ya mucho tiempo que no subía por allá. Julio la miraba atentamente y esperaba que terminara con una explicación para hacerle otra pregunta, y otra y otra. Así todas las tardes mientras sus hermanos, en los bajos, acababan sus tareas escolares y se preparaban para comer.

Sus hermanos comían ya en el comedor verdadero o principal del palacio, un comedor inmenso y lleno de espejos, al cual la yukpa hermosa traía siempre cargado a Julio, para que le diera un beso con sueño a su padre, primero, y luego, al otro extremo de la mesa, toda una caminata, el último besito del día a su madre que siempre olía riquísimo. Pero esto cuando tenía meses, no ahora en que solito se metía al comedor principal y pasaba largos ratos contemplando un enorme juego de té de plata, instalado como cúpula de catedral en una inmensa consola que el bisabuelo-presidente había adquirido en Bruselas. Julio no alcanzaba la tetera brillantemente atractiva, siempre probaba y nada. Por fin un día logró alcanzarla pero ya no aguantaba más en punta de pies, total que no la soltó a tiempo y la tetera se vino abajo con gran estrépito, le chancó el pie, se abolló, en fin, fue toda una catástrofe y desde entonces no quiso volver a saber más de juegos de té de plata en comedores principales o verdaderos de palacios. En ese comedor que, además del juego de té y los espejos, tenía vitrinas de cristal, alfombra persa, vajilla de porcelana y la que nos regaló el Presidente Delgado Chalbaud una semana antes de que lo mataran, ahí comían ahora sus hermanos.

Sólo Julio comía en el comedorcito o comedor de los niños, llamado ahora comedor de Julio. Aquí lo que había era una especie de Disneyworld: las paredes eran puro Pato Donald, Caperucita Roja, Mickey Mouse, Tarzán, Chita, Jane bien vestidita, Supermán sacándole la mugre probablemente a Drácula, Popeye y Olivia muy muy flaca; en fin, todo esto pintado en las cuatro paredes. Los espaldares de las sillas eran conejos riéndose a carcajadas, las patas eran zanahorias y la mesa en que comía Julio la cargaban cuatro indiecitos que nada tenían que ver con los indiecitos que la yukpa hermosa de La Villa del Rosario le contaba mientras lo bañaba en Beverly Hills. ¡Ah!, además había un columpio, con su silletita colgante para lo de toma tu sopita Julito (a veces, hasta Juliocito), una cucharadita por tu mamá, otra por Cintita, otra por tu hermanito Bobicito y así sucesivamente, pero nunca una por tu papito porque papito había muerto de cáncer. A veces, su madre pasaba por ahí mientras lo columpiaban atragantándolo de sopa, y escuchaba los horrendos diminutivos con que la servidumbre arruinaba los nombres de sus hijos. «Realmente no sé para qué les hemos puesto esos nombres tan lindos —decía—. Si los oyeras decir Cintita en vez de Cinthia, Julito en vez de Julio, ¡qué horror!» Se lo decía a alguien por teléfono, pero Julio casi no lograba escucharla porque, entre la sopa que se acababa y el columpio que lo mecía abrazándolo como la planta del sueño, poco a poco se iba adormeciendo, hasta quedar listo para que la yukpa hermosa lo recogiera y se lo llevara a su dormitorio.

Pero, cosa que nunca sucedió cuando sus hermanos comían en Disneyworld, ahora toda la servidumbre venía a acompañar a Julio; venía hasta Nilda, la Selvática, la cocinera, la del olor a ajos, la que aterraba en su zona, despensa y cocina, con el cuchillo de la carne; venía pero no se atrevía a tocarlo. Era él quien hubiera querido tocarla, pero entonces más podían las frases de su madre contra el olor a ajos: para Julio todo lo que olía mal olía a ajos, a Nilda, y como no sabía muy bien qué eran los ajos, una noche le preguntó, Nilda se puso a llorar, y Julio recuerda que ése fue el primer día más triste de su vida.

Hacía tiempo que Nilda lo venía fascinando con sus historias de la selva y la palabra Marhpat; eso de que quedara en Madre de Dios especialmente, era algo que lo sacaba de quicio y él le pedía más y más historias sobre las tribus calatas, todo lo cual dio lugar a una serie de intrigas y odios secretos que Julio descubrió hacia los cuatro años: Vilma, así se llamaba la yukpa hermosa de La Villa del Rosario, atraía la atención de Julio mientras lo bañaba, pero luego, cuando lo llevaba al comedor, era Nilda con sus historias plagadas de pumas y chunchos pintarrajeados la que captaba toda su atención. La pobre Nilda sólo trataba de mantener a Julio con la boca abierta para que Vilma pudiera meterle con mayor facilidad las cucharadas de sopa, pero no; no porque Vilma se moría de celos y la miraba con odio. Lo genial es que Julio se dio cuenta muy pronto de lo que pasaba a su alrededor y resolvió el problema con gran astucia: empezó a interrogar también a los mayordomos, a la lavandera y a su hija que también lavaba, a Anatolio, el jardinero y hasta a Carlos, el chofer, en las pocas oportunidades en que no había tenido que llevar a la señora a alguna parte y se hallaba presente.

Los mayordomos se llamaban Celso y Daniel. Celso contó que era sobrino del alcalde del municipio Colón, del Sur del Lago, en el estado Zulia. Además, era tesorero del Club Amigos de Santa Bárbara, con sede en Lince. Allí se reunían mayordomos, mozos de café, empleadas domésticas, cocineras y hasta un chofer de la línea Lago Mall-Ziruma. Y como si todo esto fuera poco, añadió que, en su calidad de tesorero que era del Club, le correspondía el cuidado de la caja del mismo, y como el candado de la puerta del local estaba un poco viejito, la caja la tenía guardada arriba en su cuarto. Julio se quedó arrecho. Se olvidó por completo de Vilma y de Nilda. «¡Enséñame la caja! ¡Enséñame la caja!», le rogaba, y ahí en Disneyworld, la servidumbre en pleno gozaba pensando que Julio, propietario de una suculenta alcancía a la que no le prestaba ninguna atención, insistiera tanto en ver, tocar y abrir la caja del Club Amigos de Santa Bárbara. Esa noche, Julio tomó la decisión de escaparse y de entrar, de una vez por todas, en la lejana y misteriosa sección servidumbre que, ahora, además, ocultaba un tesoro. Mañana iría para allá; esta noche ya no, no porque la sopa acababa de terminarse y el columpio se iba poniendo cada vez más suave, la sillita voladora hubiera alcanzado la luna, pero siempre sucedía lo mismo: Vilma lo sorprendía con sus manos ásperas como palo de escoba y se lo llevaba a Fuerte Apache.

Fuerte Apache (así decía un letrero colocado en la puerta) era el dormitorio de Julio. Allí estaban todos los vaqueros del mundo pegados a las paredes, en tamaño natural y también parados en medio del dormitorio, de cartón y con pistolas de plástico que brillaban como metal. Los indios ya habían muerto todos para que Julio se pudiera acostar tranquilo y sin reclamar. En realidad, en Fuerte Apache, la batalla había terminado y sólo el indio Jerónimo, uno que despertaba las simpatías de Julio, como si eventualmente fuera a amistar con Burt Lancaster, por ejemplo, sólo Jerónimo había sobrevivido y continuaba parado al fondo del cuarto, pensativo y orgulloso.

Vilma adoraba a Julio. Sus orejotas, su pinta increíble habían despertado en ella enorme cariño y un sentido del humor casi tan fino como el de la señora Susan, la madre de Julio, a quien la servidumbre criticaba un poco últimamente porque diario salía de noche y no regresaba hasta las mil y quinientas.

Siempre lo despertaba. Y eso que Julio se dormía mucho después de que Vilma lo había dejado bien dormidito: se hacía el dormido y, en cuanto ella se marchaba, abría grandotes los ojos y pensaba regularmente un par de horas en miles de cosas. Pensaba en el amor que Vilma sentía por él, por ejemplo; pensaba y pensaba y todo se le hacía un mundo porque Vilma, aunque era medio blancona, era también medio india y sin embargo nunca se quejaba de andar metida entre todos los indios muertos que había ahí en Fuerte Apache; además, nunca había manifestado simpatía por Jerónimo, más bien miraba a Raúl Amundaray, claro que todo eso pasaba en los Estados Unidos, pero indios y mi dormitorio y Celso ése sí que es indio... Así hasta que se dormía, tal vez esperando que los pasos de mami en la escalera lo despertaran, ahí llega, sube. Julio escuchaba sus pasos en la escalera y sentía adoración, se acerca, pasa por la puerta, sigue de largo hacia su cuarto, al fondo del corredor donde murió papi, donde mañana iré a despertarla linda... Se dormía rapidito para ir a despertarla cuanto antes, siempre la despertaba.

Para Vilma era un templo; para Julio, el paraíso; para Susan, su dormitorio, donde ahora dormía viuda, a los treinta y tres años y linda. Vilma lo llevaba hasta ahí todas las mañanas, alrededor de las once. La escena se repetía siempre: Susan dormía profundamente y a ellos les daba no sé qué entrar. Se quedaban parados zamureando por la puerta entreabierta hasta que, de pronto, Vilma se armaba de valor y le daba un empujoncito que lo ponía en marcha hacia la cama soñada, con techo, con columnas retorcidas, con tules y con angelitos barrocos esculpidos en los cuatro ángulos superiores. Julio volteaba a mirar hacia la puerta, desde donde Vilma le hacía señas para que la tocara; entonces él extendía una mano, la introducía apartando dos tules y veía a su madre tal cual era, sin una gota de maquillaje, profundamente dormida, bellísima. Por fin se decidía a tocarla, su mano alcanzaba apenas el brazo de Susan y ella, que despertaba siempre viviendo un último instante lo de anoche, respondía con una sonrisa dirigida a través de la mesa de un club nocturno, al hombre que acariciaba su mano. Julio la tocaba nuevamente: Susan giraba dándole la espalda y escondiendo la cara en la almohada para volver a dormirse, porque durante un segundo acababa de regresar cansada de tanto bailar y no veía las horas de acostarse. «Mami», le decía, atrevido, gritándole suavecito, casi resondrándola en broma, envalentonado por las señas de Vilma desde la puerta. Susan empezaba a enterarse de la llegada del día pero, aprovechando que aún no había abierto los ojos, volvía a dirigir una sonrisa a través de la mesa de un club nocturno e insistía en girar hundiéndose un poco más en el lado hacia el cual se había volteado al acostarse cansada, la segunda vez que Julio la tocó; luego, en una fracción de segundo, dormía íntegra su noche hasta que ella misma dejaba que el eco del «mami», pronunciado por Julio, se filtrara iluminándole la llegada del día, reapareciendo por fin en una sonrisa dulce y perezosa que esta vez sí era para él.

—Darling —bostezaba, linda—, ¿quién se va a ocupar de mi desayuno?

—Yo, señora; voy a avisarle a Celso que ya puede subir la bandeja.

Susan terminaba de despertar cuando divisaba a Vilma, al fondo, en la puerta. Ese era el momento en que pensaba que podía ser descendiente de un indio noble, aunque blancona, ¿por qué no un yanomami?, después de todo fueron catorce.

Julio y Vilma asistían al desayuno de Susan. La cosa empezaba con la llegada del mayordomo-tesorero trayendo, sin el menor tintineo, la tacita con el café negro hirviendo, el vaso de cristal con el jugo de naranjas, el azucarerito y la cucharita de plata, la cafetera también de plata, por si acaso la señora lo desea más cargado, las tostadas, la mantequilla holandesa y la mermelada inglesa. No bien arrancaban los soniditos del desayuno, el de la mermelada untada, el de la cucharilla removiendo el azúcar, el golpecito de la tacita contra el platico, el bocado de tostada crocante, no bien sonaban todos esos detalles, una atmósfera tierna se apoderaba de la habitación, como si los primeros ruidos de la mañana hubieran despertado en ellos infinitas posibilidades de cariño. A Julio le costaba trabajo quedarse tranquilo, Vilma y Celso sonreían, Susan desayunaba observada, admirada, adorada, parecía saber todo lo que podía desencadenar con sus soniditos. De rato en rato alzaba la cara y los miraba sonriente, como preguntándoles: «¿Más soniditos? ¿Jugamos a los golpecitos?»

Terminado el desayuno, Susan empezaba una larga serie de llamadas telefónicas y Vilma partía con Julio rumbo al huerto, a la piscina o a la carroza. Pero, por una vez, Julio no esperó que Vilma lo cogiera de la mano; se le anticipó y salió corriendo detrás de Celso que bajaba con la bandeja. «¡Enséñame la caja! ¡Enséñame la caja!», le iba gritando, mientras el otro se le alejaba en la escalera. Por fin lo logró alcanzar en la cocina y el mayordomo-tesorero aceptó mostrársela no bien terminara de poner la mesa, porque sus hermanos ya no tardaban en llegar del colegio con hambre. «Vuelve en un cuarto de hora», le dijo.

—¡Cinthia! —gritó Julio, apareciendo en el gran hall de la escalera.

Como todos los días, Carlos, el chofer negro-uniformado-con-gorra de la familia, acababa de traerlos del colegio y ahora subían a saludar a su mamá.

—¡Orejitas! —exclamó Santiago, sin detenerse.

Bobby no volteó a mirar; en cambio Cinthia se había quedado parada en el descanso de la escalera.

—Cinthia, Celso me va a enseñar la caja del Club de los Amigos de Zan...

—Santa Bárbara —lo ayudó Cinthia, sonriente—. Ahorita bajo para que me acompañes a almorzar.

Minutos después, Julio entró por primera vez en la sección servidumbre del palacio. Miraba hacia todos lados: todo era más chiquito, más ordinario, menos bonito, feo también, todo disminuía por ahí. De repente escuchó la voz de Celso, pasa, y recordó que lo había venido siguiendo, pero sólo al ver la cama de fierro marrón y frío comprendió que se hallaba en un dormitorio. Estaba oliendo pésimo cuando el mayordomo le dijo:

—Esa es la caja —señalándole la mesita redonda.

—¿Cuál? —preguntó Julio, mirando bien la mesita.

—Ésa, pues.

Julio vio la que no podía ser. «¿Cuál?», volvió a preguntar, como quien busca algo en la punta de su nariz y espera que le digan ¿no ves?, ¡ésa! ¡ahí! ¡en la punta de tus narices!

—Ciego estás, Julio; ésta es.

Celso se inclinó para recoger la lata de galletas de encima de la mesa, se la alcanzó. Julio la cogió por la tapa, mal, se le destapó la lata: un montón de billetes y monedas sucias le cayeron sobre el pantalón y se regaron por el suelo.

—¡Este niño! Lo que has hecho... ayúdame.

—…

—Apúrate, tengo que servirle a tus hermanos...

—Tengo que acompañar a Cinthia.



Cinthia también tenía su ama, como Julio tenía a Vilma, pero no era hermosa sino gorda y buena; gorda, buena, antigua, vieja, responsable y canosa. Julio se pasaba la vida haciéndole la misma pregunta y ella nunca sabía como respondérsela.

—Mamá dice que eres una de las pocas mujeres del pueblo con canas, ¿por qué?

La pobre Bertha, buenísima como era, hizo todo lo humanamente posible por averiguar y un día se apareció con la respuesta.

—Entre la gente pobre el índice de mortalidad es más alto que entre la gente decente y bien.

Julio no le entendió ni papa, pero retuvo la frase probablemente en el subconsciente porque un día, siete años más tarde, le vino así igualita, con sus errores y todo, mientras se paseaba en bicicleta por el Club de Polo. Ahí sí que la comprendió.

Pero entonces hacía también siete años que Bertha había muerto. Bertha se murió un día, una calurosa tarde de verano. Habían vaciado la piscina y estaba sentada en un sillón esperando que Cinthia viniera para escarmenarla y refrescarla con borbotones de agua colonia que ella jamás dejó que le entraran a sus ojitos. Lo mismo había hecho treinta años atrás con la niña Susan, hasta que la mandaron a estudiar a Inglaterra, y luego cuando regresó, hasta que se casó con el señor Santiago y empezaron a nacer los niños. Cinthia apareció corriendo, sofocada, gritándole ¡aquí estoy mama Bertha!, pero la pobre acababa de morir por lo de la presión tan alta que siempre la había molestado. Antes de sentirse a la muerte, tuvo la precaución de poner el frasco de agua colonia en lugar seguro para que no se fuera a caer; escogió el suelo porque era lo más cercano, al ladito puso el peine de Cinthia, cuya voz logró escuchar, y su escobita.

Cinthia insistió en que la vistieran de luto y le anduvo rogando a su mamá para que le comprara una corbata negra a Julio.

—¡No! ¡Por nada de este mundo! —exclamaba Susan linda—. ¡Me van a arruinar al pobre Julio! Bastante tengo con verlo revolcarse todo el día en el huerto. Además se pasa todo el día con la servidumbre. ¡Por nada de este mundo!

Pero después se marchaba oliendo delicioso y ya no regresaba hasta las mil y quinientas. Fue así que, de repente, Julio se le apareció incomodísimo y con el cuellito irritado, pero decidido a no quitarse la corbata esa de tela negra y ordinaria ni por todas las propinas del mundo. ¿Cuál de los dos mayordomos se la dio? Eso es algo que mamá, por más linda que fuera, nunca llegó a saber. Con la corbata colgándole mucho más abajo del rache, Julio seguía a Cinthia por todo el palacio porque con ella se sufría mejor por la muerte de Bertha. El lío era cuando se iba al colegio porque le entraban ganas de jugar en el huerto o en la carroza, y ya la otra tarde se había descubierto quitándose la corbatota porque el cuello le sudaba a chorros de tanto disparar contra los indios. Felizmente en ese instante llegó Cinthia; no bien la vio, Julio recordó el duelo y empezó a ajustarse la corbata al mismo tiempo que bajaba de la carroza muy compungido.

Más que nunca, ahora, porque Cinthia acababa de descubrir las fotografías del entierro de papá y había empezado a relacionar. Susan, linda, se quejaba: era indecible lo que esa criaturita la hacía sufrir, la torturaba con sus nervios, es hipersensible, Baby, le contaba a una amiga, me vuelve loca con sus preguntas... ¡Y Julio vive prendido de ella! ¡Pendiente de que llegue del colegio! Ya le he dicho a Vilma que trate de separarlos, ¡inútil! Vilma vive enamorada de Julio, todos en esta casa. Lo que Susan no contaba es que Cinthia la traía loca con lo de papá, ¿por qué, mami?, mami, yo me escapé, yo vi por la ventana, ¿por qué a pápi se lo llevaron en un Cadillac negro con un montón de negros vestidos como cuando papi iba a un banquete en Palacio de Gobierno?, ¿por qué, mami?, ¿ah?, ¿mami? Horas se pasaba diciéndole yo sé, mami, yo vi cuando se llevaban a papá, me han contado también. Y es que entonces no se daba muy bien cuenta pero ahora de pronto se acordaba y relacionaba con la manera en que se llevaron a Bertha, en una ambulancia mami, por la puerta falsa. Pero ahí se atracaba y titubeaba y es que no encontraba las palabras o la acusación para expresar la maldad ¿de quién? cuando se llevaron a Bertha por la puerta falsa, bien rapidito, como quien no quiere la cosa.

Julio presenciaba el asedio de su madre. Mientras Cinthia preguntaba, él permanecía inmóvil, con las orejotas como alfajores-voladores, las manos pegaditas al cuerpo, los tacos juntos, pero las puntas de los pies bien separadas como un soldado distraído en atención. El asedio tenía lugar en el baño que usó su padre. Ahí estaban aún sus frascos; no los habían movido: ahí estaban sus lociones, sus cremas de afeitar, sus navajas, hasta su jabón se había quedado ahí y su escobilla de dientes. Todo a medio usar, para siempre. «Parece que fuera a venir», le dijo un día Cinthia a Julio, pero no por eso se olvidaba de Bertha.

—Julio, limpia bien tu corbata negra —le dijo, otro día.

—¿Porqué?

—Mañana por la tarde vamos a enterrar a Bertha.

Al día siguiente, Cinthia regresó muy nerviosa del colegio. No bien saludó a su mamá le dijo que no tenía tareas que hacer y corrió a buscar a Julio que estaba jugando con Vilma en el huerto. El pobre no había pegado los ojos en toda la noche. Toda la tarde la había estado esperando y, no bien la vio aparecer, corrió a su encuentro. Cinthia lo cogió de la mano y él la siguió como siempre en esos días. Vilma venía detrás. Cinthia lo llevó hasta su dormitorio y le pidió que la esperara afuera mientras se cambiaba el uniforme. Salió linda pero toda vestida de negro; desde la muerte de Bertha se vestía siempre de negro, menos cuando iba al colegio. Susan ya no hacía nada por evitarlo. Lo llevó de la mano hasta el baño y le lavó la cara con amor. Entonces le dijo que lo iba a peinar y que quería humedecerle el pelo. Julio aceptó que lo bañaran en agua colonia y se dejó peinar; también dejó que ella le anudara nuevamente la corbatota negra, a pesar de que Vilma podía resentirse porque era ella quien se la amarraba siempre con un estilo muy suyo. Unas gotas de colonia se deslizaron por el cuello de Julio, ¡cómo le ardió!, las lágrimas le saltaron a los ojos, tanto que Cinthia le preguntó si quería que le cambiara de corbata, pero él le dijo que no y luego sintió lo que uno siente cuando grita ¡por nada!, al ver que Cinthia sonreía aliviada, porque sin corbata negra no podía asistir al entierro. Del baño lo llevó nuevamente de la mano hasta su dormitorio y ahí se puso a llorar, ante la cara de espanto de Vilma que los seguía siempre silenciosa, como si estuviera de acuerdo con todo, aun con lo que estaba viendo: siempre llorando, Cinthia abría un cajón de su cómoda y sacaba una caja. Julio la miró aterrado; sabía que iban a enterrar a Bertha, pero ¿cómo? Cinthia destapó la caja y les enseñó el contenido. Vilma y Julio soltaron el llanto al ver el peine, la escobita y el frasco de colonia con que Bertha le limpiaba diariamente el pelo, un mechoncito también de Cinthia, de cuando te cortaron tu pelito la primera vez. Se fueron los tres llorando hacia los bajos. Cinthia había cerrado la caja y la llevaba a la altura de su pecho, cogida con ambas manos, mientras atravesaban el jardín de la piscina, rumbo al huerto. Julio se quedó sorprendido al ver que en el camino se les unían Celso, Daniel, Carlos, Arminda, su hija Dora y Anatolio. Hasta Nilda apareció, que en esos días andaba en muy malas relaciones con Vilma, siempre por causa de Julio. Los habían estado esperando, Cinthia lo había organizado todo, también era idea suya el que se vistieran cuando menos de oscuro, y ahí estaban ahora, pidiéndole que se apurara, por favor, niñita, la señora nos va a pescar. Los mayordomos, sobre todo, le pedían; Carlos, el chofer, acompañaba entre sonriente y respetuoso, la quería mucho a la niñita Cinthia. Por fin encontraron el lugar apropiado para que Anatolio abriera el hueco donde iban a depositar la caja con el peine, la escobita y el último frasco de agua colonia que usó Bertha. Terminó su pequeña excavación y ahí sí que todos soltaron el llanto, al pobre Julio la corbata le ardía como nunca y los mocos le colgaban hasta el suelo. ¡Qué triste era todo! Y por qué ni él ni nadie se espantó sino que todos la quisieron más cuando Cinthia se sacó la medallita de platino que le colgaba del cuello y la enterró también. Por turno, Cinthia y Julio primero, fueron echando un poquito de tierra; esa última parte fue idea de Nilda. Luego todos se escaparon, menos Carlos que caminó serio a tomar su té de las seis.

Una semana más tarde, Susan trató de regañar a Cinthia por ser tan descuidada, por haber perdido la medallita de platino que ¿te regaló?... pero en ese instante se le olvidó completamente quién se la había regalado y en cambio recordó que en estos días andaba más tranquilita, y ahora que se fijaba, hace por lo menos una semana que no se pone el traje negro.

—¿Y usted?

Se abalanzó sobre Julio, paradito ahí con las puntas de los pies separadísimas, volvió a sentir esa necesidad de que fuera un bebé y, en vez de decirle usted ya tiene cinco años, a usted ya deberíamos ponerlo en el colegio, le dio un beso oliendo delicioso.

—Mami está apurada, darling —dijo, volteando a mirarse en un espejo.

Luego se inclinó para que ellos alcanzaran sus mejillas, un mechón lacio, rubio, maravilloso se le vino abajo como siempre que se inclinaba, los enterró entre sus cabellos: Cinthia y Julio dejaron sus besos ahí, guardaditos, protegidos, para que le duren hasta que vuelva.

Sunday, September 02, 2012

Las memorias japonesas de Ednodio Quintero



La diferencia entre un fotógrafo itinerante y un turista que se pasea con una cámara es que para el primero la imagen es más que el recuerdo de una visita. Los lugares y los cuerpos que se topa pueden convertirse en retratos, versiones de un texto leído, autobiografías inventadas o reflexiones sobre el propio gesto de tomar una foto. Al turista le interesa, sobre todo, la redundancia de aquello que la cámara fija: sus postales confirman una y otra vez el evento de sus vacaciones; son como un plano mnemónico que le puede servir de orientación al momento de establecer sus puertos de escala.



Para Ednodio, las visiones de Tokio representan, entre otras cosas, la supervivencia de una literatura y el homenaje continuado a un escritor particular. Varias fotografías son la declarada encarnación del mundo de Junichiro Tanizaki, a quien Ednodio ha traducido en tándem con Ryukichi Terao. En ellas observamos a otras hermanas Makioka, que en el siglo XXI insisten en llevar kimono sin parecer reliquias ni fantasmas; a una aprendiz de geisha cuyo rostro maquillado de blanco está cruzado por las sombras que Tanizaki elogió en un ensayo famoso; a un actor del teatro Kabuki; a una mujer que involuntariamente escenifica el éxtasis del té. El conjunto puede ser el resumen de un anaquel de libros, sin que pierda por ello su calidad visual. Las referencias literarias sirven como apéndice y ayudan a acrecentar la riqueza de la iconografía. Se puede apreciar cada composición aunque se desconozca la narrativa a la que alude. Por ejemplo, la variedad de expresiones de esas hermanas Makioka le da a la efigie la cualidad de un estudio del carácter, y al mirarlas podemos hacer conjeturas sobre el vínculo entre ellas. En “Aimi tomando té”, la expresión arrebatada tiene el complemento del acné en la frente de la mujer; por esto sabemos del balance necesario entre lo más humano y lo divino.
  


Otras fotos reiteran la fascinación de la belleza femenina. Allí notamos cómo se ha cambiado la escenografía del discreto tatami por el teatro urbano de Harajuku. Hay una conexión directa entre las sombras que descubrimos en el rostro de la maiko y las que caen sobre las dos chicas disfrazadas. Ahora la femineidad se deriva del manga, y para seducir recurre a ornamentos puestos al día. En el Tokio de hoy, la sumisión de la aprendiz de geisha cambió por la destreza y la audacia del cosplay. Ednodio halla en esas vestiduras el sustrato del deseo, y las consolida en las fotografías como elementos de una ceremonia personal. Él sabe lo que ella significa, pero nosotros podemos dejarnos llevar por la literalidad de esa muñeca humana que viste un lazo blanco y negro y convertirla en la protagonista de una historia distinta. Un turista aprovecharía esa reproducción para repetirnos neciamente que estuvo en esa zona ese domingo, y la estampa es su prueba. El ambulante Ednodio también tendrá su anécdota, pero su encuadre nos da la libertad de imaginar un relato paralelo que, al final, nos concierna. Quizá Ednodio sepa o intuya lo que dice la escritura tatuada en la piel de la mujer de rojo; tendremos suerte si con ayuda de Ryukichi nos traduce ese texto. Pero qué importa: lo que cuenta es el misterio reiterado por la presencia de esa caligrafía extranjera semioculta por esa cabellera. Para los espectadores hay un velo sobre otro.



Es cierto: Ednodio es un artista itinerante, no un simple viajero con una mini Pentax. Lo manifiesta otra ilustración: en la entrada de un templo sintoísta de Tokio, vemos a la izquierda a unas personas que posan para la viñeta familiar, abrazadas a una de las enormes columnas de madera del umbral. A unos metros de distancia, agachado, un hombre las enfoca. Los visitantes sonríen porque saben que aquello va a ser un buen recuerdo. De ese lugar, a Ednodio le atrae otra cosa: entre esa gente y el tipo solitario que anda en el extremo derecho hay un equilibro perfecto, acentuado por la mujer que justo en el medio camina protegida por un parasol rojo. Esa mancha central nos recuerda el sol de la bandera japonesa. Allí se conjugan las virtudes de Ednodio Quintero, el fotógrafo: no hay componente en sus logros que no sea el signo de su fiebre privada y a la vez el principio de nuestra propia obsesión independiente.

          

Saturday, August 11, 2012

El otro Murakami


En la literatura japonesa, el apellido Murakami tiene en cierta forma el valor bifronte que la literatura latinoamericana le da al apellido Vallejo. La dualidad vuelve cualquier uso de aquellas sílabas un poco ambiguo; anunciar que se ha comprado un libro de Murakami equivaldría a la desinformación si no fuera por el peso del rostro, la notoriedad y la firma del señor Haruki, que ha provocado la omisión comprometida del otro Murakami. La elección de nuestro particular Vallejo tiende a ser más clara: el nombre de pila que podamos vindicar depende de la edad del lector, la inclinación por el poema o la novela, el regusto por las declaraciones públicas, los animales, el hambre o las lluvias parisinas. Por su lado, ambos escritores japoneses son narradores y contemporáneos—Haruki es mayor que Ryu tres años, un mes y una semana. La diferencia entre la reputación del uno y del otro fuera de Japón hace evidente, entre otras cosas, el modo en que la república mundial de las letras favorece al autor itinerante, cuyas alusiones a la abstracción que llamamos “cultura occidental” son más benignas y cuyos círculos suelen ser menos infernales.

Murakami Ryu (1952) nació en la ciudad costera de Sasebo, en la prefectura de Nagsaki. El dato parece banal si no se completa: esa población fue bombardeada intensamente durante la Segunda Guerra Mundial, y después de la derrota de Japón en el conflicto Estados Unidos instaló allí una base militar. La referencia no es gratuita; de hecho, esa presencia extranjera tiene un carácter penetrante en los textos de Murakami-san, como una influencia forzosa, intensa e imprecisa. En su primera novela, Azul casi transparente (1976), el territorio de la base llega a tener la prominencia algo borrosa del castillo de Kafka. Es un lugar paradójico, de un hermetismo flexible; hay una manera de conocerlo sin ingresar a él: por medio del contacto con los soldados que lo habitan. El intercambio con aquella sociedad foránea se fundamenta, principalmente, en el canje de fluidos, como si el sexo se convirtiera en una violenta lingua franca y a la vez en un caudal, que hace de aquella contigüidad un mercado. Los distintivos de ultramar no llegan a vencer cierta cualidad metonímica que se paraliza, incapaz de extrapolarse en un conjunto mayor, totalizante: la cultura migratoria es la secuencia de penes de los soldados negros, una selección de discos de los Rolling Stones, The Doors o Billy Holiday, maquillaje Max Factor, un ejemplar de La Cartuja de Parma que termina en el piso. La invasión se compone de la mercadería que prepara el coito o participa en él. Aquella música y aquellos cosméticos son los hitos que demarcan la dureza del sexo en colectivo:

“Que alguien me lo haga, que me lo haga ya”, gritó Kei en inglés, y no sé cuántos brazos negros la echaron a un sofá y le arrancaron la enagua, los pedazos de tela transparente y negra revolotearon hasta llegar al piso. “Miren, parecen mariposas”, dijo Reiko, y tomó luego un trozo de tela para untar mantequilla en la verga de Durham. Después de que Bob gritara y pusiera las manos en la entrepierna de Kei, el cuarto se llenó de alaridos y risas chillonas.

Esa cópula apurada por la violencia consentida se ha interpretado como una alegoría de la intrusión militar. Tal glosa quizá no sea por completo errónea, pero le da a la novela de Murakami un aire moralista. El estado febril en el que viven los personajes de Azul casi transparente tiene como centro la sexualidad y las drogas; crear una jerarquía basada en la nacionalidad de los compañeros de juerga supondría convertir la narración en auto. Cierto, la aparición de aquel ejército de continua erección y su cargamento de productos implica una lectura crítica de la situación política del Japón de posguerra, pero ese comentario no se estructura como una dicotomía formada por un bien local y un mal importado. En ese sentido, Murakami está ya lejos de Tanizaki, por ejemplo, cuya obra posterior a 1923 muestra un lado más conservador, que glorifica los valores de la tradición japonesa (1). Lo que se retrata acá con desparpajo es el estado de sopor de una juventud envuelta en la redundancia del orgasmo y la alucinación, rasgos que inventan la rebeldía, la condicionan o aun la anulan. En algún momento se siente la dilución de la tragedia de la guerra, que llega a metamorfosearse en fantasía cuando la prostituta Lilly le cuenta un sueño a Ryu, su joven amante, narrador de la novela:

Los dos íbamos al océano, a una costa en verdad linda. La playa era grande, muy ancha y arenosa, y no había nadie, salvo nosotros dos. Nadábamos y nos poníamos a jugar en la arena, pero al otro lado del agua veíamos un pueblo. Estaba bastante lejos, no debíamos ver mucho, pero sí lográbamos distinguir los rostros de quienes vivían allí; así funcionan los sueños, ¿no? Al principio celebran algo, una especie de festival extranjero. Pero después de un rato en ese pueblo se inicia una guerra (…) Una guerra real. Aunque está lejos, logramos ver a los soldados y los tanques. Entonces tú y yo, Ryu, desde la playa nos quedamos observando, como si fuera un sueño. Y tú decías: “Ey, conque así es la guerra”; y yo decía: “Pues sí”.

La distancia emocional ahora mitiga el horror de los viejos bombardeos que destrozaron Sasebo. La guerra es una circunstancia historiada pero no repetible como experiencia en ese instante; lo que se vive es un presente de pura atención al cuerpo y sus deseos—a lo mejor provocados por la astenia. Ésa es la paradoja: el letargo y la indiferencia de aquellos personajes sirven de energía a su compulsión. Ellos viven encerrados en un círculo literalmente vicioso de autosatisfacción. En términos de composición, eso que leemos se nos presenta in media res, desconectado de cualquier origen y de toda consecuencia, como eventos que pudieran ocurrir en el vacío.

En Coin Locker Babies (1980), al contrario, la situación primera sirve como registro a medias causal de las posteriores; así, el desenfreno que vamos encontrando tiene una lógica tenue. La novela comienza con una especie de sesión macabra: una mujer prepara a su bebé para meterlo en una caja que luego va a dejar en un casillero cualquiera, en la estación de trenes. La acción más resaltante consiste en chuparle el pene al niño para ver si lloraba. La descripción es memorable: el pene, nos dice Murakami, “era más delgado que los cigarrillos americanos mentolados que fumaba, y un poquito baboso, como pescado crudo”. El cruce de imágenes parece resumir la confluencia de estilos del Japón que siguió al fin de la guerra, como una síntesis del país tradicional que se abrió más a prácticas distintas—una pitada de Kool y una porción de sashimi en una misma boca. A partir de esa escena, la vida de Kiku, el niño abandonado, se va a enlazar con la de Hashi, otro bebé de casillero. A uno lo descubrieron y salvaron por gritar; al otro, por heder. Los dos terminan en el mismo orfanato de monjas católicas con un Padre simbólico:

“Tu Padre Celestial te cuida, pequeño Kiku”. Colgado en la pared de la capilla había un cuadro de este Padre, un hombre de barba que mira al mar parado sobre un risco. Sostenía en los brazos un cordero neonato que parecía dar en ofrenda al cielo. “¿Cómo es que no estoy en el retrato?”, Kiku quiso saber. “¿Y por qué mi padre no parece japonés?”

Esa genealogía injertada no le sirve de mucho al personaje, que al cabo es adoptado con Hashi. Ambos saben que su parentela más cercana es el par de casilleros donde los encontraron, de modo que la extrañeza de un padre impostado, de aspecto forastero, se acentúa: “Somos los únicos, ¿sabes? Todos los otros murieron. Somos los únicos que salieron con vida de los casilleros”. Ese origen sin componentes étnicos sugiere un fundamento para el desarraigo de Kiku y de Hashi, los sobrevivientes de aquel espacio clausurado que simultáneamente fue para ellos vientre y tumba parcial. Su desarrollo subsiguiente está marcado por el dolor del segundo nacimiento, y lleva a los protagonistas a una existencia de violencia continuada y triunfos deportivos y artísticos que se utilizan como fondo de excesos aún mayores. Para ellos, el territorio permisivo y delirante aledaño a la base militar de Azul casi transparente se vuelve más amplio, hasta alcanzar las dimensiones de Toxitown, la zona central de Tokio, donde las adicciones, la disipación y el crimen parecen funciones autónomas y la contaminación prevalece. Pensemos en una versión acelerada y licenciosa del área llamada Hell Kitchen en Flores, de Mario Bellatin: una demarcación casi utópica donde se puede practicar la sexualidad en todas sus variaciones, junto al indiscriminado consumo de estupefacientes, y hasta el asesinato.

Cuando llegamos al momento de la historia en que Anémona, la novia de Kiku, forme un pantano en su apartamento como refugio del caimán Gulliver, entendemos cuánto le interesa a Murakami-san la construcción de esos ecosistemas de circulación sin estorbos, donde cada acto parece aludir a algún deporte erótico extremo—en Sopa de miso (1997), se trata de los garitos de juego y orgías del distrito Kabukicho de Tokio. Allí se nubla la concepción de una psicología autoritaria que rige al individuo con motivaciones precisas, definibles. En algún momento, la raíz de la conducta se fija como una señal que flota en un continuo demasiado complejo. Sí, Kiku y Hashi fueron dejados a su suerte en las casillas, y ese hecho es como la escena primitiva de la narración; pero lo que pasa más tarde es tan intenso y amontonado—un palimpsesto de viñetas tortuosas—que su nexo con el arranque se deslíe. Queda la imagen de aquellos círculos francos, sin leyes ni censura, quizá iconografías de un Japón desalmado o hueco, como toda nación. En todo caso, nada en el texto nos asegura la relevancia de esa interpretación.

Tengo la impresión de que, justamente, esos puntos son como la correspondencia topográfica de la obra de Ryu Murakami. Sus novelas y cuentos asumen la fisionomía de un paraje atroz donde la literatura ensaya sus posibilidades más cruentas y pone en entredicho toda pulsión didáctica. Hay mucho de entelequia infernal en sus anécdotas, como ficciones que se bastan a sí mismas para sobrevivir. La propia idea de lectura placentera queda desbancada por la potencia sádica, alevosa de lo relatado. Sólo haciéndole lugar a esos libros en nuestro canon particular de la literatura japonesa podemos contar con un panorama más completo de lo que allá se escribe.

(1) Cf. Ednodio Quintero, “Tanizaki, el paradigma”. Contexto. Segunda etapa. Volumen 14. Número 16. Año 2010.

Ilustración: "Sadistic Circus", Shintaro Kago

Tuesday, May 22, 2012

Dulce hogar

No habían querido volver de Alemania, pero ahí estaban. Por el balcón notaron que la ciudad nativa era la de antes: los tendidos de luz cruzaban el aire como extraños barrotes; los edificios parecían abandonados, aunque desde adentro salía ruido (pensaron que en ellos vivían sólo televisores autosuficientes); el sol llegaba desde todos los ángulos, y el calor que se colaba rompía el concreto. Creyeron que sería imposible readaptarse. “Así no vamos a sobrevivir”, comentó Cayo. Cecilia respondió que debían hacer algo muy pronto, para no terminar extraviados en su vida pasada. La mejor forma de volverse un fantasma es repitiendo sin término lo que ya ha terminado. Decidieron entonces que Berlín sería ubicua. Tapiaron las ventanas para andar entre sombras, como lo hacían por la Karl-Liebknecht-Straße en las noches de otoño. Caminaron de un cuarto a otro, felices, pero sentían que algo faltaba; el remedio consistió en acumular bolsas de hielo en todas partes. En el cuarto de huéspedes encerraron varios gatos callejeros, dos perros, algunos hámsteres, pájaros y un montón de insectos: Cecilia comentó que era idéntico al Zoologischer Garten. Los domingos hasta podrían hacer picnics entre esos animales. Más tarde tumbaron la pared que daba a la cocina: “Nuestro Muro derruido, el inicio de la democracia”. Un domingo sintieron gran nostalgia por el río Spree; resolvieron dejar abierta la llave de agua fría de la bañera e inundaron el apartamento—que se quejaran los vecinos si querían. Les faltaba el tranvía: por pedazos trajeron los restos de un carro abandonado y armaron su propio Straßenbahn, y se imaginaron que cada día era domingo y pasaban junto a Alexanderplatz con una cámara fotográfica que registraba cien mil escenas. Cayo y Cecilia habían regresado por fin a un universo perfecto, donde hablaban alemán para sentir que se comunicaban con un dios severo. No volvieron a pisar las calles de aquel otro lugar desordenado, tal vez artificial, como hecho a propósito para el sufrimiento. Alguien ha dicho que si se pega el oído a su puerta se escucha “Lili Marleen”; me gustaría intentarlo.

Wednesday, December 07, 2011

"Jorge Luis Borges", de Augusto Meyer

Dios, personaje que de vez en cuando visita la obra de Jorge Luis Borges para agravar o aclarar el enredo, sirve para cerrar dos casos de El Aleph: “Los teólogos” e “Historia del guerrero y la cautiva”. Al final del primero, Borges observa: “Aureliano supo que para la insondanble divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona». En el otro cuento, el autor asocia por contraposición el caso del bárbaro Droctulft, conver¬tido a la civilización romana y defensor de Raven contra el asedio de los suyos, al caso de la inglesa capturada por los indios, que se vuelve salvaje ante la fascinación de la pampa, la atracción de la lejanía y el horizonte abierto; y concluye: “Acaso las historias que he referido son una sola historia. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales”.

Este Dios de Borges, si no me engaño, debe ser pariente próximo del Dios de Heráclito, que es “día y noche, invierno y verano, guerra y paz, saciedad y hambre” (Diels, fr. 67; Burnet, 36; Capelle, 45). “Para Dios, todas las cosas son justas, buenas y necesarias, en tanto que los hombres consideran injustas o legítimas determinadas cosas” (Diels, fr. 102; Burnet 61; Capelle, 48). Se trata, en el fondo, de la unión de los contrarios, como observa Clémence Ramnoux: “Bajo formas reductibles a alguna estructura gramatical simple, los enigmas repiten incansablemente el principio de la unidad de los contrarios” (cf. Héraclite ou l'homme entre les choses et les mots, Belles Lettres, 1959). El propio Borges, que en “El inmortal” se refiere a Heráclito de paso, parece repetir con frecuencia: “Hay una armonía de tensiones opuestas, como la del arco y la lira".

Podría extender la comprobación a otros cuentos, desmenuzando El Aleph e Historia Universal de la Infamia, únicos textos de que dispongo ahora, además de los ensayos sobre Lugones y Martín Fierro; sin embargo, basta recordar su constante preocupación por totalizar y englobar—enmarañando un mundo de cosas—para superar así las antítesis; o, mejor aún, aquel ejemplo ideal que es la famosa enumeración caótica de El Aleph, destello de unidad en una vorágine de diversidades.

Todo esto necesariamente implica, aparte de un arte soberano y casi escandaloso en el gobierno de una lucidez poética (siempre a caballo de la intuición creadora), cierta franja de paralogia metafísica, impregnada de humorismo transcendente, aquel caprichoso humour borgeano que azuza nuestro espanto con el arabesco renovado y abierto de una fantasía desatada en imprevisto y agilidad. “El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta”. En Borges hay, al mismo tiempo, un zahorí y un diablo renco, un ojo clarividente al tiempo que un ojo turbio y estrábico, que mezcla las cosas por simple gusto y magia, para que parezcan más amenazadas, más imprecisas y más patéticas. De la imprecisión, una imprecisión lúcida y precisa, supo hacer un acerado instrumento de sugestiones poéticas. Fausto Cunha, al comentar un ensayo de Jorge Luis Borges, informa: “En el mismo artículo, aconseja la hipótesis de que la imprecisión es tolerable o verosímil en la literatura, porque a ella tendemos siempre en la realidad”. Ya decía Nietzsche, con implacable ironía, que ésa era la función de los poetas: entoldar las aguas para que parezcan más profundas.

Resalta el riesgo permanente de ese juego vertiginoso: con una especie de ascetismo de acrobacia estética, el autor no relaja los músculos, no se permite ni el más leve descuido homérico, y cuando mucho acepta un mínimo de ingenuidad épica—me refiero a la ingenuidad del contador de historias que también participa del relato, para que de algún modo pueda andar con piernas propias y no de la mano del autor. Por eso mismo, nosotros, los esclavos de Borges (sus lectores) intentamos de vez en cuando sacudirnos su juego, en un impulso de humana rebeldía. Creemos que Borges abusa del derecho de ser autor, o mejor, del derecho de ser Dios, pues Borges es Dios, un vrai Dieu, un Dios y un Laberinto—como ya lo demostrara el agudo Fausto Cunha, quien en Brasil comparte con Alexandre Eulálio la heredad de esa tierra encantada, la obra de Borges, y su apostolado (cf. A Luta Literaria, Liador, 1964: “Introducción a Borges como Dios y como Laberinto”). Atempera, asimismo, su fervor de padre apostólico de la nueva Iglesia con el siguiente reparo: “Decir que Borges es Dios sería jugar con una desolada metáfora. Pero más de una vez él impidió que sus creyentes incidiesen en esa superticiosa hipótesis”.

No alimento aquí la veleidad de presentarme como un cristiano nuevo convertido a la religión borgeana, una encarnación tal vez renovada de Droctulft, el longobardo poroso e impulsivo devorado por la causa ingrata del civismo romano. Apenas quería decir, abusando de los derechos de la prosa y de la pesada gravedad de la crítica, que ahora, al releer los dos cuentos referidos, aquel Dios final y catártico se me antojó una solución un tanto Deus ex machina. Pensándolo bien, no hace falta hipostasiarse en Dios cuando basta el simple buen sentido para comprender que Aureliano y Juan de Panonia, el ortodoxo y el heresiarca, el acusador y el agraviado, acaban en la Teología, cuya alma es la discordancia por medio de la exégesis; la Teología no puede vivir sin el acicate renovador de la heterodoxia.

En el otro caso, tampoco resulta necesario invocar la insondable sabiduría divina para comprender que las dos experiencias corresponden, al cabo, a la acción de una sola causa predisponedora, cuando no inmediata. No veo ninguna antinomia esencial entre el bárbaro convertido a la civitas y la inglesa barbarizada por el arriesgado vacío de la pampa, que sucumbe, como tantos pioneros ganados por el medio, al llamado de lo agreste, el call of the wild de los cronistas americanos; son dos reacciones extremadas, y apenas contrastadas, del mismo proceso aculturante. El profesor alemán que vive para sofrenar mis impulsos a golpe de fichas y comillas ahora mismo cuchichea en mi oído que basta compulsar las Dominazioni barbariche in Italia, de G. Romano, o la obra clásica de Pasquale Villari, Le invasioni barbariche, para verificar que el héroe maleable de Paulo Diacono y Croce es uno más de los conquistadores conquistados en el flujo y reflujo cultural de Occidente durante aquel período. Añade el mismo pedante armado de anteojeras que no hay un abismo insalvable entre beber la sangre viva de una oveja degollada y comer el churrasco de la abuelita inglesa de Borges, amparado en el eufemístico roast beef.

*Publicado en A forma secreta (Rio de Janeiro: Francisco Alves, 1981).

Friday, October 07, 2011

“El perro de Pergolesi”, de Guy Davenport

Hace unos doce años, en medio de una de esas conversaciones que en un momento pueden referirse al asma de Proust y enseguida al tamaño de las barras de chocolate en estos tiempos perversos, Stan Brakhage—el más avanzado guardia de los cineastas—me preguntó si yo sabía algo del perro de Pergolesi.
“Nada de nada”, respondí confiado, y añadí que no sabía que hubiera tenido uno. ¿Qué era lo que había que saber sobre el perro de Pergolesi? He allí el misterio, replicó él. Justo antes de esa conversación, Brakhage había estado haciendo una película bajo la dirección de Joseph Cornell, el excéntrico artista que juntaba delicados objetos en estrechos marcos de madera para lograr un tipo de arte norteamericano maravilloso e inolvidable, en parte surrealista y en parte casero. Cornell pasó toda su vida adulta más o menos recluido en la Avenida Utopía, en Flushing, husmeando en sus cajas de recortes y rarezas hasta hallar la mágica combinación de cosas que pudiera ordenar en un cajón vitrina—un perico de celuloide de Woolworth’s, un mapa estelar, una pipa de arcilla, una estampilla griega.
Cornell también hizo collages y lo que podría llamarse esculturas—como muñecas en un lecho de ramas—, además de películas. Para éstas necesitaba un camarógrafo; eso explica la presencia de Brakhage en la Avenida Utopía. Los dos se llevaban muy bien, dos genios inventando una extraña poesía de imágenes—calados de la era Victoriana, lámparas con ventiladores, sombrías habitaciones de ventanas melancólicas. Brakhage estaba fascinado con el erudito y tímido Cornell, cuyos pasatiempos incluían la preparación de vastos archivos de ballerinas francesas del siglo diecinueve, las enseñanzas de Mary Baker Eddy, y baratijas de todas las épocas y todos los continentes.
En una de sus charlas surgió el tema del perro de Pergolesi. Brakhage preguntó qué importancia podía tener la tal mascota del compositor. Cornell se puso tieso. Luego levantó los brazos con profunda sorpresa. ¿Qué? ¿Cómo no iba a saber del perro de Pergolesi? Él había asumido, dijo con frialdad y desilusión, que conversaba con un hombre sofisticado y culto. Si el señor Brakhage no comprendía esa alusión al perro de Pergolesi, ¿tendría la amabilidad de retirarse de inmediato y no volver?
Brakhage se marchó. Así concluyó la colaboración entre el cineasta más poético de la república y uno de sus artistas más imaginativos. La pérdida es enorme, y fue el perro de Pergolesi la causa del conflicto.
Hice todo lo que pude para ayudar a Brakhage a encontrar ese perro tan importante y elusivo. Él mismo le preguntó a la gente que en su opinión podría tener noticia. Yo pregunté también. Aquellos a quienes preguntamos a su vez preguntaron a otros. Ni las biografías ni los libros de historia fueron de utilidad. Nadie tenía ni idea de un perro que hubiera pertenecido a Giovanni Battista Pergolesi o que hubiera tenido tratos con él. Durante diez años sondeé a las personas que creí idóneas, y cada vez que me topaba con Brakhage sacudía la cabeza, y él igual: no habíamos encontrado el P. de P.
Nunca se nos ocurrió que Cornell desconociera tanto como nosotros sobre el fulano perro de Pergolesi. En los Cuadernos de Samuel Butler se halla esta aleccionadora entrada: “El escultor Zeffirino Carestia me dijo que en Inglaterra contábamos con un gran escultor llamado Simpson. Me entró la duda y le pregunté por el trabajo del susodicho. Al parecer, era el autor de un monumento a Nelson en la Abadía de Westminster. Me di cuenta, por supuesto, de que aludía a Stevens, quien hizo el monumento a Wellington en la Abadía de San Pablo. Le pregunté de nuevo y resultó que yo tenía razón”.
Nunca tenemos tanta certeza de nuestro conocimiento como al estar totalmente equivocados. La seguridad con la que Chaucer incluyó a Alcibíades en una lista de bellas mujeres, o con la que Keats enumeró en un soneto inmortal los erróneos descubridores del Pacífico, debería ser una lección para nosotros.
La ignorancia alcanza grandes cosas. La más reciente Enciclopedia Británica nos informa que el libro El castillo de Axel, de Edmund Wilson, es una novela (en realidad es un libro de ensayos); que Eudora Welty escribió Reloj sin manecillas (la novela de Carson McCullers); y que la fotografía de Julio Verne que acompaña la entrada sobre él es el retrato de un ave paseriforme de cabeza amarilla (Auriparus flaviceps). La New York Review of Books aludió una vez a Los papeles de Petrarca, de Charles Dickens, y un somnoliento corrector del Times Literary Supplement en una ocasión le atribuyó a Margery Allingham la creación de un detective llamado Albert Camus.
La vaguedad tiene el encanto del color local. En un himnario Shaker, una nota al pie identifica a George Washington como “uno de nuestros primeros presidentes”.
Cuando le entró la loquera con el asunto del perro de Pergolesi, Cornell sobrepasó la mera imprecisión y entró en el terreno de la pifia total. Tarde o temprano la suerte me iba a hacer encontrar a la persona correcta, que resultó ser alguien que estaba al tanto de las veleidades de Cornell en relación con los temas triviales .Se trataba de John Bernard Myers, crítico y comerciante de arte. Él estaba seguro de que Cornell se refería al perro de Borgese. Me quedé mudo, lo mismo que Brakhage en aquella ocasión fatal. ¿Qué? ¿Cómo no iba a a saber del perro de Borgese?
Elisabeth Mann Borgese—hija de Thomas Mann, profesora de ciencias políticas en la Universidad de Dalhousie, ecologista y conservacionista distinguida—en los años cuarenta había entrenado un perro para que respondiera preguntas usando una máquina especial que se adaptaba a sus patas. El éxito de esa labor aún resulta dudoso en círculos científicos, pero a Cornell se le grabó el espectáculo del animal con el teclado como si fuera uno de los eventos del siglo, y suponía que cualquier persona bien informada tendría noticia de ello. Lo hacía llorar el hábito de la consumada bestia de la señora Borgese de escribir PERRA MALA cada vez que fallaba una respuesta. Cornell tenía un archivo de recortes de prensa sobre el tema, y a pesar del cambio radical que su imaginación había ejecutado, no tenía escrúpulos a la hora de rechazar a la gente tediosamente ignorante de tan espléndidas cosas.
*Publicado en Every Force Evolves a Form (San Francisco: North Point Press, 1987).

Tuesday, April 19, 2011

Postales del frente (XVI): El sueño es sueño

Y en la cama, ¿qué irá a soñar el Custodio cuando cierre finalmente los ojos y, por un segundo siquiera, se olvide de nuestra felicidad y se relaje? Mamá está intrigada, dice que el cansancio puede echar abajo el Plan General para la Paraisización del País. Si el Custodio no se distrae se le puede fundir el cerebro, dice mamá, se puede poner nostálgico y a hablar de su infancia, de sus ideales deportivos, tal vez hasta del nieto. Esos desvíos personales serían la señal de que estamos a punto de perdernos.

No creo que mamá esté equivocada. Yo, por ejemplo, me la paso de pésimo humor si no duermo la siesta. La teoría nos enseña que un cuerpo reposado es como el templo de una mente libertaria. Debe ser verdad, porque los médicos de acá están comprometidos con la Paraisización. Además, lo he comprobado por mi cuenta.

Si al menos el Custodio escuchara nuestras peticiones y plegarias no estaríamos preocupados. Es que él parece infatigable, aunque el rumor indica que es humano, igual que uno. Pero, a diferencia del resto, el Custodio no duerme. Lo digo sin dudar porque en la casa hemos hecho la prueba. La semana pasada decidimos turnarnos para estar pendientes de la televisión las veinticuatro horas del día. Hubo pleitos, claro, pues todo el mundo quería el horario vespertino. La abuela argumentó que si tenía que fijarse en la pantalla cuando no hubiera sol iba a darle diarrea. No le creímos demasiado, porque ella siempre sale con inventos, con nombres de enfermedades y apellidos de científicos que, supuestamente, apoyan lo que siente. La abuela es experta en la creación de dolencias en latín. Al final se quedó con la agenda de once de la mañana a dos de la tarde: es mejor no tentar las vísceras arbitrarias de la abuela—a veces creemos que ella las maneja a voluntad.

Yo estuve pegado al televisor en la madrugada. Me tocó ver cómo el Custodio nuevamente explicaba—con cuadros, frases históricas, estampas del imaginario popular y letras de canciones—en que consistía la Paraisización. No sé qué me impresionó más, si el proyecto de nuestro Edén social (sin enfermedades, ni robos, en unos quince años incluso sin muerte) o la frescura epidérmica del Custodio. No tenía ojeras, la voz jamás se le quebró. Yo había dormido al menos cuatro horas antes de hacer mi guardia, y aun así me sentía agotado, amarillento, como un sobreviviente. El Custodio debe tener el secreto del nacimiento eterno. Durante el desayuno, discutimos en familia nuestras observaciones: nada, el Custodio no llegó ni a bostezar, jamás se jorobó, no perdió el hilo del discurso, nunca tomó agua, ni siquiera miró a los costados. Uno de mis tíos dijo que como a las cinco de la mañana el Custodio había pestañeado. Nadie le creyó, ese tío no es más que un anarquista. Sin embargo, el abuelo fue más exagerado: con seriedad opinó que este país está a cargo de un robot. Todos nos quedamos callados.

En algún momento el Custodio va a tener que dormir, como todos nosotros. Sabemos que él es distinto, y que por esa razón es él quien manda. Pero la ciencia informa que todos nos dormimos; es una especie de ley de la fisiología. ¿Será que el Custodio durmió mientras lo vigilábamos, sólo que su sueño se cumple de un modo distinto, sin parecer que sueña? Ojalá sea así, de lo contrario se puede volver loco, como dice mamá. Queremos que siga con su idea de lo que debe ser nuestro futuro. Que descanse, entonces, que se eche en una cama, como los héroes del pasado. ¿O ya estará acostado y lo que somos y lo que deseamos no es más que su borrosa fantasía? No, por supuesto que no, me responde papá. “Mejor vete a dormir, muchacho, estás alucinando”.

Friday, April 15, 2011

El crimen invisible



Quizá esta fotografía de Bruce Davidson (Joven pareja, 1958) sólo podamos observarla retrospectivamente, a partir del recuerdo de una película como Badlands (1973), de Terrence Malick. Aunque la imagen de Davidson sea anterior, la historia contenida en ella tiene la carga de un crimen y una secuencia de huidas, todo ello ejecutado por Martin Sheen y Sissy Spacek. Sólo por causa del vestuario no es posible remitirse a la aventura de Bonny y Clyde, aunque esa pareja pueda servir de modelo, incluso de sintaxis. Hay en todos esos hitos una morfología muy clara, que insiste en presentarnos la raíz heterosexual de aquellos forajidos. (Faltarían todavía unos cuantos años para que Piglia escribiera Plata quemada, con su elenco de ladrones gay.) Aquí, las actitudes son estereotípicas: la mujer insiste en confirmar una belleza casi cándida, que le sirve de virtud y de señuelo en el acecho, mientras el hombre se sube la manga para dejar al descubierto su fibra—lo suyo de antemano se define como fuerza bruta. En esa dialéctica no hay espacio para la inocencia delante de la ley. Aun cuando no nos detalle ni armas ni procedimientos ni muertes, la foto es, potencialmente, la prueba de un delito.

Wednesday, September 08, 2010

“El uruguayo”

Le llevo veinticinco años a Rimbaud: ya no puedo aspirar a la genialidad ni a la anticipación. Me queda el residuo de la persistencia—ni siquiera la persistencia misma, que es ahora el ideal de una máquina imposible. En tal circunstancia, la mueca de escribir debe ser suficiente. Algunas líneas cada tanto valen por toda la bendita inspiración, por el arrebato que hace que uno acumule página tras página, con la noción, quizá equivocada, de que ese montón de palabras es gratuito. No, alguien nos lo cobra. Hay casos en que la literatura supone un trueque muy insólito, macabro: como si fuera una transacción ideada como castigo, cada sustantivo vale cien gramos de azúcar; cada punto y coma, un pan; cada verbo en pretérito, medio kilo de queso; cada numeral, un pollo congelado. La escritura termina por ser la forma material del vacío, que uno—más bien mentiroso—interpreta como un Tao benefactor.

Pero qué importa: siempre puede vivirse a medias de la vanidad de la certeza de la calidad del margen. Ese espacio tiene la estructura que uno decide, sin apego a las revistas de decoración. Sólo cuenta esa falsa libertad; la otra depende del aparataje de héroes, padrinos con sombrero de copa, funcionarios dormidos, bríndises—la falsa libertad hasta permite los plurales ilusorios. Desde esa zona hipnótica se ejercen la narración y el poema como modalidades propiamente utópicas: ¿qué lugar ese ése, dónde comienza y dónde continúa? Somos uruguayos o polacos: nos movemos como lo quiso Copi, nos quejamos o nos resignamos en el punto pensado por Jarry—nulle part. Tal vez por eso nos detengan en la aduana.

Eppur si muove: algo infantil hay en el hábito de reconocer que algo se mueve, rueda, rebota en las paredes, cae al abismo y sigue su marcha en un acantilado. Lo dijo César Aira: “Tal vez se trata de una resignación: resignarse a ser escritor y seguir escribiendo” (1). Qué más. Va a seguir escaseando el tomate.


(1) Graciela Speranza. Primera persona. Conversaciones con quince narradores argentinos. (Buenos Aires: Norma, 1995), p. 232.

Friday, July 09, 2010

Postales del frente (XV): El hombre nuevo

A nuestro edificio se acaba de mudar el hombre nuevo.

Lo esperábamos, por supuesto: toca uno por cada trescientos habitantes—están repartidos equitativamente para que no haya antagonismos. El nuestro no es bajito ni muy grande; tiene los hombros anchos, como de estibador; los ojos nos hacen pensar que tuvo una vida como la de uno: son algo acuosos y hundidos. Lo queríamos un poco más moreno, pero no pudo ser: el gobierno quiere ser justo y por eso también les da empleo a los paliduchos. El abuelo, que es bastante mal pensado, jura que simplemente los otros se pusieron en huelga y hubo que recurrir a fulanos como éste. No creo que haya problema: con ponerlo varios días al sol es suficiente.

También era previsible que le dieran un apartamento en la planta baja; desde allí puede acechar a todo aquel que suba de visita, y estar pendiente de los paquetes que llegan o salen. Tuve oportunidad de entrar ayer por la mañana. Mamá me pidió que viera si al hombre nuevo le sobraba azúcar, porque a nosotros hace días se nos terminó. Esa conducta no es abusiva: en general, a los hombres nuevos les corresponde una cuota mayor de alimentos por orden del Custodio—es una manera de hacernos renovar por el ejemplo.

Pude ver el lugar sin agites: es un apartamento igual a los demás, pero para él solamente. Casi nada, cuarenta metros cuadrados para una persona; eso equivale al paraíso. Donde nosotros ponemos a dormir a la abuela y el abuelo, el hombre nuevo tiene una biblioteca. Todos los volúmenes vienen de la imprenta oficial y se nota que no han sido leídos. Sin embargo, lo importante es tener biblioteca, dar la impresión de cierta hondura compuesta de libros regalados y pintones, que hablan—de un modo muy excéntrico—de que el futuro es hoy, o ya pasó, o algo parecido; no sé, es todo confuso.

Mientras el tipo buscaba en la despensa—el espacio que en nuestro apartamento ocupamos para dormir dos de mis primos y yo—, pude ver que las cuatro hornillas estaban en uso: en una preparaba el arroz, en otra freía un bistec, en otra cocinaba vegetales, y en la última hervía agua en una olla enorme. No recuerdo haber visto que toda la cocina de mi familia, o las familias de allí, funcionara completa. El hombre nuevo se dio cuenta de mi asombro.

“Lo que tengo es fruto del duro trabajo en procura del bienestar de todos”, me dijo con los párpados caídos. Intuí que estaba avergonzado. Más tarde, papá y tío Albertino me dijeron que ese hombre nuevo era demasiado sospechoso, pues ningún hombre nuevo que se precie de serlo se sentiría apenado por esos privilegios. Sea como sea, a mí me cayó bien. No sólo me dio unos cien gramos de azúcar, sino también me regaló una papa cocida.

Sin embargo, a otros visitantes el hombre nuevo les negó lo que solicitaban; será que se dio cuenta del desliz y no quiso que se difundiera el rumor de que era débil o de que era bonachón. Si en la Secretaría General se llegaba a saber lo que había hecho conmigo hasta podrían botarlo. Nadie querría perder un trabajo que rinde beneficios que el resto no puede siquiera entrever. Estos tiempos son crueles.

De resto, nuestro hombre nuevo actúa como se espera. Por la noche camina de un lado a otro patrullando el edificio. Cuando alguien le pregunta cómo van las cosas, él responde: “Pues aquí, compañero, aguaitando”. Ése es uno de sus verbos favoritos, aguaitar. El hombre nuevo dice—siguiendo estrictamente lo que señala el Manual de Hombres Nuevos—que debemos redimir nuestro lenguaje más tradicional, y que por eso uno tiene el deber de aguaitar, en vez de vigilar, inspeccionar o rondar las áreas peatonales. Lo dice igualmente con los párpados caídos; ya ni sé qué pensar.

En la reunión de condominio de hace rato, el hombre nuevo fue estricto, como tenía que serlo. Al vecino medio sordo le ordenó que fuera a un especialista a que le hiciera un oído artificial: en el país de hoy, comentó, ningún ciudadano puede renunciar al derecho de ser inducido a escuchar los discursos del Custodio. A otra gente le indicó que por ley tenían que buscar un inquilino; es una familia de nueve, y la Constitución estipula que en cuarenta metros cuadrados hay que acomodar mínimo diez personas. Las excepciones son claras: los hombres nuevos están facultados para la soledad porque requieren preocuparse por la ventura de sus conciudadanos. Ese desvelo puede desarrollarse nada más en una zona de tales dimensiones, como lo han demostrado las ciencias naturales.

Entiendo que el hombre nuevo tenga compromisos como cualquier fulano común, que vaya a vivir a edificios como el nuestro para ejecutar las políticas que el Custodio y el Estado consideren útiles para la inauguración del porvenir. Lo que no me entra en la cabeza es el motivo por el cual nuestro particular hombre nuevo actúe con esa tristeza que le cierra los ojos. He llegado a pensar que, en medio de su extrema y favorecida novedad, como un enfermo, siente nostalgia por momentos más viejos—ésos que nosotros vivimos con nuestras carencias y nuestra tremenda obstinación. No estoy seguro de que quiera ser como él cuando crezca.

Monday, May 31, 2010

Boulevard Sertón

Una literatura no es sólo un dilatado repertorio de libros, sino también las conexiones entre ellos, y los dislates, cautelas y aciertos que los hacen buscarse. El amparo que en algún momento se le da a unos volúmenes y a unas nociones habla parcialmente de esa literatura en ese momento; hay, claro, omisiones igualmente expresivas. Buena parte de la narrativa venezolana reciente privilegia, por ejemplo, su carácter urbano, con las connotaciones que esa adjetivación pueda tener. Ese énfasis tendría que bastarnos para asegurar que nuestra narrativa, cómo no, es urbana. Lo certifican, además, los censos poblacionales; los eventos de la industria cultural; el nombre Francisco y su apellido Massiani; nuestro amor por la tecnología y sus marañas; la topografía de lo descrito; la nomenclatura de las calles, supermercados, restaurantes… La ciudad, en fin, es el lugar confuso de nuestra confusión, donde conviven la variedad subjetiva y la madurez de carácter, que se convierten en modelos de representación humana.

Extrañamente, esa declarada complejidad psicológica—moderna, se nos jura—debe convivir—se nos jura también—con la vuelta a un lenguaje y a unas tramas y estructuras que deben ganarse el indulto del lector. En nuestras “metrópolis”, preguntarse por el carácter de ese lector parece menos importante que adularlo. Tal vez se crea que en la ciudad el lector es el último anclaje de confianza y certidumbre, una entidad benefactora y platónica que funda su credo en la referencialidad, la sintaxis más llana, la anécdota que mejor se resume. Se omite el hecho de que esas características aluden a una construcción interesada, que procura mantener la discrepancia entre un fatuo high art y un low art vivaz. El lector, en tal viñeta, tendría toda la sencillez de lo no-urbano.

Una literatura puede estar fundada en paradojas, pero tiene que admitirlas. Muchas veces, los contrasentidos no son el resultado de una riqueza esencial, sino del apresuramiento. La idea de narrativa urbana no es del todo inocente: en la columna de sus haberes sin duda inscribe sustantivos más prestigiosos que los de la columna opuesta, cualquiera que ella sea—supongo que rural. Sin embargo, ¿qué libro de esa narrativa es más novedoso que El osario de Dios? Si la escritura fuera en verdad un laberinto de concreto, Alfredo Armas Alfonzo sería un gran cosmopolita, un flâneur que se burla de las comodidades del lector que sólo almuerza sopa internacional en fondas chinas.

Se vale destrozar la noción de ciudad: hay città invisibili—como sabía Italo Calvino—que aún podemos imaginar con enormes baldíos o abusivos parques que se extienden; o, girando el concepto, hay desiertos no visibles todavía esperando que cualquier edificio quede desamparado. Si un autor no lo entiende, que lea más; si un lector no lo entiende, que lea mucho mejor.

* Texto publicado en el dossier sobre narrativa venezolana 2000-2009 del Papel Literario (24 de abril de 2010).

Sunday, February 28, 2010

Cuerpo plural


El Instituto Cervantes y la editorial Pre-Textos acaban de publicar Cuerpo plural. Antología de la poesía hispanoamericana, cuya edición estuvo a cargo de Gustavo Guerrero. Los autores incluidos son los siguientes:


TEDI LÓPEZ MILLS (México, 1959)

JOAQUÍN MORALES (Paraguay, 1959)

ROLANDO SÁNCHEZ MEJÍAS (Cuba, 1959)

EDUARDO CHIRINOS (Perú, 1960)

ROSSELLA DI PAOLO (Perú, 1960)

PATRICIA GUZMÁN (Venezuela, 1960)

DANIEL GARCÍA HELDER (Argentina, 1961)

EDWIN MADRID (Ecuador, 1961)

JOSÉ ANTONIO MAZZOTTI (Perú, 1961)

LEVI ROMERO (Nuevo México, 1961)

JORGE CADAVID (Colombia, 1962)

EDGARDO DOBRY (Argentina, 1962)

ALFREDO HERRERA (Venezuela, 1962)

JUAN CARLOS RAMIRO QUIROGA (Bolivia, 1962)

RAMÓN COTE BARAIBAR (Colombia, 1963)

SERGIO PARRA (Chile, 1963)

ROCÍO SILVA SANTISTEBAN (Perú, 1963)

LEÓN FELIX BATISTA (República Dominicana, 1964)

ANTONIO JOSÉ PONTE (Cuba, 1964)

FABIÁN CASAS (Argentina, 1965)

JOSÉ EUGENIO SÁNCHEZ (México, 1965)

JACQUELINE GOLDBERG (Venezuela, 1966)

LUIS MORENO VILLAMEDIANA (Venezuela, 1966)

NADIA PRADO (Chile, 1966)

MAYRA SANTOS-FEBRES (Puerto Rico, 1966)

DAMARIS CALDERÓN (Cuba, 1967)

OTONIEL GUEVARA (El Salvador, 1967)

JAIME LUIS HUENÚN (Chile, 1967)

MALÚ URRIOLA (Chile, 1967)

LAURA WITTNER (Argentina, 1967)

MONTSERRAT ÁLVAREZ (Perú, 1968)

FERNANDO DENIS(Colombia, 1968)

MARTÍN GAMBAROTTA (Argentina, 1968)

ALESSANDRA MOLINA (Cuba, 1968)

SERGIO RAIMONDI (Argentina, 1968)

PEDRO ARAYA (Chile, 1969)

LUIS CHAVES (Costa Rica, 1969)

KATIA CHIARI (Panamá, 1969)

LORENZO HELGUERO (Perú, 1969)

TANIA MONTENEGRO (Nicaragua, 1969)

JULIO TRUJILLO (México, 1969)

JOHN GALÁN CASANOVA (Colombia, 1970)

LUIS ENRIQUE BELMONTE (Venezuela, 1971)

GERMÁN CARRASCO (Chile, 1971)

YANKO GONZÁLEZ (Chile, 1971)

JULIÁN HERBERT (México, 1971)

NOEL LUNA (Puerto Rico, 1971)

MÓNICA VELÁSQUEZ GUZMÁN (Bolivia, 1972)

WASHINGTON CUCURTO (Argentina, 1973)

FABRICIO ESTRADA (Honduras, 1974)

LUIS FELIPE FABRE (México, 1974)

JAVIER PAYERAS (Guatemala, 1974)

JOSÉ CARLOS YRIGOYEN (Perú, 1976)

FRANK BÁEZ (República Dominicana, 1978)

MARTÍN BAREA MATTOS (Uruguay, 1978)

HÉCTOR HERNÁNDEZ MONTECINOS (Chile, 1979)

ALAN MILLS (Guatemala, 1979)

JORGE VESSEL (Venezuela, 1979)


Como se ve, el año 1966 parece haber sido especialmente favorable para Venezuela—dice uno. La compilación fue comentada por José Manuel Caballero Bonald en Babelia; allí alaba "la gestión crítica" de Guerrero, y agrega: “no conozco ninguna otra [antología] que abarque un horizonte tan vasto como el del último quehacer poético hispanoamericano con tan manifiesta solvencia”. Por causa del reseñista, yo, en particular, siento que descreo de “dogmas, obediencias filiales y círculos cerrados”. Pues será, con mucho gusto.

Sunday, February 07, 2010

El generoso escriba

Un buen observador podría entresacar sublimidades de la mera rutina; basta con que nos acompañe a todas partes, como James Boswell al panzón doctor Johnson. Si es imaginativo o metafísico, va a cambiar pronto la rutina y las repeticiones en muestras del cumplimiento de estatutos divinos. Pero el mayor provecho quizá lo obtenga de nuestros propios escritos: por ellos va a darse cuenta de que so­mos infelices, nostálgicos, parricidas, quietos o frustrados. ¿No es ésa razón suficiente para practicar la poesía o el cuento? Escribamos un verso que diga, por ejemplo, “Soy un árbol”, y enseguida el secretario sabrá enumerar que 1) tenemos la piel dura como corteza, 2) las manos vibrátiles como las hojas, y que 3) somos decididamente falocéntricos. Tal vez hasta nos recompense con el sobrenombre de “vates” o “aedas”, dependiendo del refinamiento de nuestro particular salvador. O dependiendo de su grado de alcoholismo, o de sus inclinaciones al suicidio: a nosotros también nos toca vigilarlo.

Friday, January 22, 2010

Cuentos como en botica

El buen Cuatrero y Pía, administradores del blog Cuatrocuentos, han publicado allí “El cumpleaños de Elisa”, de Carolina Lozada. También hay relatos de Mariana Enríquez, Oscar Marcano y Carlos Gamerro. Échense un paseo por aquellos pagos. Favor dejar los zapatos en la puerta. Se permite la entrada de niños y mascotas. Las hamburguesas van por cuenta de la casa. Refrescos no incluidos. Gracias.

Friday, December 18, 2009

Postales del frente (XIV): Madre nomás que hay ésa

La verdad es la verdad, por eso hay que decir que la madre del Custodio es la Madre, una figura alegórica y sentida, escultórica y a la vez fotogénica. Sí, hemos llegado a ese convencimiento: La que le dio la luz al Uno nos la dio a todos.

No hay casa en el país que no tenga su estampa, les juro. Cuando visitamos a la familia o a los amigos, lo primero que hacemos es fijarnos dónde está el retrato; de ese lugar dependen ahora los afectos. Hace menos de un mes, mi tío visitó a unos compadres y en ese apartamento comprobó los peligros de la tirria: la foto de la Madre estaba en una gaveta de una cómoda guardada en un clóset del cuarto más pequeño, alejado, oscuro y sucio. No se puede ser más extranjero. Desde ese día mi tío ya no tiene ahijada de ese lado. Acá reverenciamos la imagen en la sala, junto a una cruz enorme; somos muy previsivos, creemos en los dones terrenos y celestes.

La potencia de la Madre es innegable. Cuando cada día se va la luz, no importa la hora, nos acordamos de Ella. Con devoción repetimos la expresión Su Madre, mantra que puede ir acompañado de alguna interjección. Por supuesto, en algún momento la luz termina por volver. Que nadie se confunda: en nuestra patria la palabra coño supone la defensa de nuestra herencia popular, por eso decir coño de Su Madre es sólo una manera de enlazar la tierra con la alcurnia. Mi papá, que es muy culto, nos confirma que justamente a eso se referían los griegos con el vocablo φύσις (physis)—tenemos que creerle. La Madre es recordada en todas las oficinas públicas, en los autobuses, los parques nacionales, en las escuelas oficiales y privadas, frente a las entidades financieras, en la aduana y los puertos, en los baños, las tascas, en los sanatorios, en los consultorios psiquiátricos, tribunales, comercios de velas, despachos de abogados… Como el bienestar que hemos logrado, nuestra Madre es ubicua.

La época en que somos más felices es que cuando a Ella la pasean por todos los distritos. Somos una gente de lo más entusiasta, nada detiene la más pequeña ni la más rotunda manifestación de euforia, por eso el día que La tenemos cerca le damos rienda suelta a la emoción. Alrededor de la Madre bailamos; frente a la Madre, en coro, nos reímos; a la Madre le lanzamos monedas; por causa de la Madre nos hacemos más fisiológicos aún, y a su pie defecamos, en su rostro escupimos, Su Manto cubrimos de vómito y orina—¿qué hay más personal y propio que el metabolismo? Ella lo recibe todo con la dignidad de un talismán, y según creemos no parpadea siquiera. Loada sea la Madre que nos hizo y nos hace lo que somos.

Los más deslenguados y furtivos dicen que nosotros queremos a la Madre más que el mismo Custodio. No puede ser cierto eso que cuentan: que en el Palacio Más Grande y Colorido, El Lugar donde el Custodio Reposa y Piensa en Nuestro Bien, la Madre duerme en una tabla puesta justo arriba de la Mayorísima Cama del Custodio, y que en razón de la gravedad, el descuido, el malhijismo, diariamente, encima, al Custodio le cae la Madre. A esos chismosos hay que ponerlos presos. Madre nomás que hay una.

Sunday, December 13, 2009

El relato erróneo

Paul Antschel vivía en el puerto de Babolandia.
Paul Antschel vivía en el puerto de Babolandia con su familia.
Paul Antschel vivía en el puerto de Babolandia con su familia y el perro que se llamaba Muy-Baboso.
El perro de la familia de Paul Antschel, que vivía en Babolandia, se llamaba Muy-Baboso porque botaba mucha baba, como era de esperarse.
En Babolandia los brutos pensaban que el perro Muy-Baboso, de la familia de Paul Antschel, que vivía cerca del puerto propiamente, botaba mucha baba porque era un babieca.
Babieca, como lo sabía la familia de Paul Antschel, natural de Babolandia, no era el nombre del baboso Muy-Baboso, como pensaban los brutos, sino el caballo del caballero El Sayyid.
Paul Antschel vivía en el puerto Babolandia con su familia y su perro Muy-Baboso y sabía que el caballero El Sayyid se tiraba al caballo Babieca.
El perro Muy-Baboso tenía la fortuna de no gozar de la muy mala leche de los caballos de los caballeros, como Babieca, por ejemplo.
En Babolandia el perro Muy-Baboso de la familia de Paul Antschel se había enterado de que a los caballos de los héroes los héroes se los cogen.
Los brutos de Babolandia no saben qué brutos pueden ser los héroes de los puertos y hasta de tierra adentro, como lo saben Paul Antschel, su familia y el perro Muy-Baboso, que vivió más feliz que Babieca, el caballo de El Sayyid.
Los héroes de los puertos y hasta de tierra adentro se mandan por el cuculito a los caballos.
Eso lo sabe Muy-Baboso.
La familia de Paul Antschel, natural del puerto de Babolandia, lo sabe igualmente.
Pero lo ignoran en Babolandia y hasta tierra adentro los brutos, los brotos, los britos, los bretos y los bratos.
Los héroes como el caballero El Sayyid le meten su obelisco a los babiecos en el cuculeíto.
Hay que matarlos o ponerles una condecoración en el culito.
En Babolandia el futuro poeta Paul Antschel propuso quemar las estatuas o sino hacerlas con un obelisco por detrás para ver si les duele.
Muy-Baboso movió la cola al escucharlo.
En el puerto de Babolandia a los brutos, los brotos, los britos, los bretos y los bratos les pareció irrespetuoso por su parte que Paul Antschel propusiera mostrar a los héroes con un obelisco incrustado.
Los britos pensaron que los titanes tenían derecho a meter el monolito donde fuera.
Que para eso son titanes.
Los bratos opinaron que había que hacer una campaña nacional de incrustación que empezara en Babolandia.
Los brutos se alegraron por la idea del apachurramiento.
Que para eso eran ellos.
Paul Antschel se alarmó en el puerto de Babolandia porque allí vivía con su familia y su perro Muy-Baboso no babieco.
La cruzada nacional apachurrante debía comenzar en Babolandia con los héroes metiendo el obelisco en los bretos.
Pero pensó Paul Antschel que algún día se acabaría en Babolandia el número de brotos también y que entonces la campaña seguiría con Muy-Baboso a lo mejor y con los Antschel.
La familia Antschel era dueña de Muy-Baboso en Babolandia y concluyó que únicamente los penes deseados pueden entrar al cuculeco de los o las deseantes.
Los titanes no podían forzar a los babiecos.
Qué lástima que Babieca se haya visto forzado por El Sayyid.
El Sayyid no tenía derecho a curucutear a Babieca sin permiso.
La familia de Paul Antschel se largó de Babolandia con su perro Muy-Baboso para librarse del proceso de incrustación, apachurramiento y enchufe.
Pero en todo caso e historia los cíclopes persiguen a los desenchufados que guardan su pupa para el pipe si creen en el proceso químico llamado pipetismo.
Los Antschel se fueron menos por fervor pipetista que por amor a la baba muy babosa.
A la madre y al padre de Paul Antschel lograron descubrirlos escondidos en la perrera del perro Muy-Baboso.
Allí a los tres los maduraron con la tiesura de una pilastra colosal.
Paul Antschel se puso algodones en el culo.
Paul Antschel pasó a llamarse Paul pero no Antschel sino Ancel, aunque de Babolandia los brutos y sus cohortes pensaron que el Ancel podría ser una puerta cancel por donde hacer entrar el amoroso fogaje de un Dios de piedra lisa.
Y así, lo desvirgaron.