Monday, May 31, 2010

Boulevard Sertón

Una literatura no es sólo un dilatado repertorio de libros, sino también las conexiones entre ellos, y los dislates, cautelas y aciertos que los hacen buscarse. El amparo que en algún momento se le da a unos volúmenes y a unas nociones habla parcialmente de esa literatura en ese momento; hay, claro, omisiones igualmente expresivas. Buena parte de la narrativa venezolana reciente privilegia, por ejemplo, su carácter urbano, con las connotaciones que esa adjetivación pueda tener. Ese énfasis tendría que bastarnos para asegurar que nuestra narrativa, cómo no, es urbana. Lo certifican, además, los censos poblacionales; los eventos de la industria cultural; el nombre Francisco y su apellido Massiani; nuestro amor por la tecnología y sus marañas; la topografía de lo descrito; la nomenclatura de las calles, supermercados, restaurantes… La ciudad, en fin, es el lugar confuso de nuestra confusión, donde conviven la variedad subjetiva y la madurez de carácter, que se convierten en modelos de representación humana.

Extrañamente, esa declarada complejidad psicológica—moderna, se nos jura—debe convivir—se nos jura también—con la vuelta a un lenguaje y a unas tramas y estructuras que deben ganarse el indulto del lector. En nuestras “metrópolis”, preguntarse por el carácter de ese lector parece menos importante que adularlo. Tal vez se crea que en la ciudad el lector es el último anclaje de confianza y certidumbre, una entidad benefactora y platónica que funda su credo en la referencialidad, la sintaxis más llana, la anécdota que mejor se resume. Se omite el hecho de que esas características aluden a una construcción interesada, que procura mantener la discrepancia entre un fatuo high art y un low art vivaz. El lector, en tal viñeta, tendría toda la sencillez de lo no-urbano.

Una literatura puede estar fundada en paradojas, pero tiene que admitirlas. Muchas veces, los contrasentidos no son el resultado de una riqueza esencial, sino del apresuramiento. La idea de narrativa urbana no es del todo inocente: en la columna de sus haberes sin duda inscribe sustantivos más prestigiosos que los de la columna opuesta, cualquiera que ella sea—supongo que rural. Sin embargo, ¿qué libro de esa narrativa es más novedoso que El osario de Dios? Si la escritura fuera en verdad un laberinto de concreto, Alfredo Armas Alfonzo sería un gran cosmopolita, un flâneur que se burla de las comodidades del lector que sólo almuerza sopa internacional en fondas chinas.

Se vale destrozar la noción de ciudad: hay città invisibili—como sabía Italo Calvino—que aún podemos imaginar con enormes baldíos o abusivos parques que se extienden; o, girando el concepto, hay desiertos no visibles todavía esperando que cualquier edificio quede desamparado. Si un autor no lo entiende, que lea más; si un lector no lo entiende, que lea mucho mejor.

* Texto publicado en el dossier sobre narrativa venezolana 2000-2009 del Papel Literario (24 de abril de 2010).

2 comments:

Anonymous said...

Pensar es, entre otras cosas, practicar una especie de autoflagelación verbal y me da la impresión que no le quedó la espalda dolorida después de escribir esto. Hay ideas deshilachadas pidiendo un trenzado pero solo se les concede el del papel en blanco sobre el que van a desparramarse y... que hilvane el lector (si quiere). Más abajo escribió, con mucha razón, "...¿No es ésa razón suficiente para practicar la poesía o el cuento?" y yo me pregunto por qué los abandonó, aunque sea en un post o quizás no lo hizo y esto es en realidad un mal cuento titulado "Dossier sobre narrativa venezolana 2000-2009", no lo sé... Me pregunto también si usted acepta que le digan "Si un autor no lo entiende, que lea más..." (¿y escriba menos?) respecto a lo que ha escrito. Yo como lector siempre acepto que "...si un lector no lo entiende, que lea mucho mejor" aunque no termine de entender por qué los autores deben leer más pero los lectores tienen que ser más sufridos y deben hacerlo mucho mejor.

Luis Moreno Villamediana said...

Anónimo:

Gracias por esa definición de "pensar". Debo confesar que en este momento no recuerdo cuánto me dolió, si en realidad me dolió, lo que me haya dolido al escribir eso. No hago un juego de palabras; asumo que ese día quizá practiqué algunas otras cosas de la lista ("Pensar es, entre otras cosas..."). De resto, le doy la razón: son apuntes mal hilvanados, probablemente torpes. Prefiero que admita usted que es un mal ensayo corto en lugar de pensar que es un mal cuento. Y sobre esas frases finales, tremendistas e inútiles, le digo que un autor es para mí siempre un lector: así, le toca no sólo leer más, sino también mejor. Más sufrido, imposible.